Conocí a Hermann gracias a la mamparitis

Teníamos mucho miedo de que la suerte nos llevara a un barco. No porque tuviéramos que pasar un año en alta mar, sino por la mamparitis. Os cuento: los barcos no tienen paredes, sino mamparas. En el argot marinero, la mamparitis se produce cuando, en una larga navegación, estás con los nervios a flor de piel por estar tanto tiempo encerrado. Esto provoca que, al final, todos los marineros se terminen peleando con todos y por los motivos más estúpidos y surrealistas.

En 1988 me tocó hacer el servicio militar en la Marina. Pero la fortuna no me llevó a un barco (como temía), sino a la Flotilla de Aeronaves de la Base Naval de Rota. Y allí, entre aviones que despegaban y teletipos que yo transmitía, pasó un año de mi vida.

Nunca le he tenido miedo a estar encerrado. El motivo es sencillo. Yo fui uno de esos adolescentes tartamudo y con la cara llena de acné que se quedaban muchísimos fines de semana en casa, sufriendo su particular mamparitis.

Pero, apenas sin darme cuenta, empecé a hacer nuevos y extraños amigos.

Armanda

Gracias a esos fines de semana conocí a un tal Camilo, que había escrito La colmena. Federico me recitó los poemas que escribió cuando vivió en Nueva York. Pedro me enseñó a describir latidos profundos con frases sencillas y dejé de ser tartamudo porque empecé a declamar sus versos en voz alta.

Mi queridísimo Hermann (siempre, siempre querido) me enseñó que es muy bello ser lobo estepario y que hay que saber vivir y aceptar los múltiples yoes que cada uno de nosotros y nosotras llevamos dentro. Por cierto, él me presentó a Armanda, de la que me enamoré al instante. Arthur me llevó al Berlín de entreguerras. Pío me enseñó mi propio Instituto, el San Isidro, en El árbol de la Ciencia. También me aconsejó que es mejor escribir en corto que en largo. Algún tiempo después mi amiga Virginia hizo me sintiera como una mujer y, años más tarde, Paul como un chico sin hogar.

En la recuperación de una cirugía de apendicitis, un antiguo novio de mi hermana Julia me dejó toda su colección de Corto Maltés. Volé, casi literalmente, a los mares del sur. Por cierto, gracias, Pedro.

Cuando era pequeño y me quedaba en casa, imaginaba que ésta era un barco y que las ventanas eran las escotillas. Qué curioso. En cierto modo, la vida se repite.

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