Menú Cerrar

Spiderman viajó a la sierra de Madrid

Cuando era pequeño mi padre me llevaba a menudo a la sierra. Ocurría siempre en verano. Nos levantábamos cuando aún no había amanecido y mi madre nos hacía dos bocadillos a cada uno: el primero de tortilla; el segundo, de filete empanado. Llevábamos también una cantimplora vacía, que luego llenábamos en regatos de la sierra, siempre con agua fresquísima del deshielo. A veces portábamos latas de refrescos, muy frías, envueltas en papel de periódico.

La maravilla del día empezaba en la estación de Atocha. Los andenes olían a electricidad y dentro del vagón a metal y a plástico. ¿Sabéis una cosa? Puede parecer estúpido, pero esos olores me auguraban que iba a ser un buen día. Dentro del vagón siempre hacía fresco a esas horas de la mañana. Por aquel entonces, las ventanillas de los cercanías podían bajarse y yo me pasaba más de medio viaje de pie, asomado, con la cabeza afuera. Mi padre de vez en cuando me decía: “Chico, siéntate, que eso es peligroso”. Yo, evidentemente, no hacía caso: tenía ocho o nueve años.

Se me ha olvidado un detalle importante del relato. En Atocha, mi padre se compraba el periódico y un cuadernillo de crucigramas. A mí me compraba uno o dos cómics. Me dejaba elegir, y yo casi siempre me decantaba por el universo Marvel. Sobre todo por Spiderman (mi preferido) o Thor.

Siempre me ha caído bien Peter Parker, el joven que esconde su identidad bajo el traje de Spiderman. Era muy tímido (quizá demasiado), le gustaba observar la realidad (de hecho, era fotógrafo) y con el paso del tiempo llegó a ser profesor. Es decir, el chico se llamaba como yo, tenía el mismo carácter que yo, era periodista (como yo anhelaba ser) y ejerció años después una profesión que, yo por entonces lo ignoraba, también sería la mía.

El otro día le dije a mi compañero Paco Seoane que mis estilográficas preferidas son las Parker. En primer lugar por su calidad. Pero, también, porque cuando era pequeño me parecía curioso que tuvieran el nombre de mi superhéroe favorito.

Stan Lee

Han pasado los años y ya no puedes ir a la sierra sin cantimplora, pues ya no hay regatos. Los trenes de cercanías son más limpios y seguros, pero sus ventanillas ya no se pueden bajar. A veces, cuando paso cerca de un bar y huelo a tortilla de patata me acuerdo de lo bien que las hacía mi madre y de cómo se levantaba pronto para prepararnos la comida. Ya sabéis: esos gestos de amor de los cuales los hijos nos damos cuenta demasiado tarde.

Hace un rato he llamado a mi padre y le he preguntado si recordaba aquellos viajes en tren a la sierra.

–Sí, claro –me ha contestado–. Qué bien los lo pasábamos, ¿verdad? Yo también me acuerdo mucho de ellos.

No le he querido decir que el otro día murió Stan Lee, el creador de Spiderman.

Todos sabemos que lo único que importa es el aquí y el ahora. Pero hay veces que sólo los recuerdos y el amor a días soleados del pasado son el único bálsamo contra el cerco inevitable del paso del tiempo.

(*) Tomé la imagen de la cabecera, que muestra a Spiderman, de este artículo noticia de Hobbyconsolas.com

Publicado en Sin categoría

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: