Menú Cerrar

La huida de Maximilien

Supe que Maximilien estaba enfermo nada más se sentó delante de mí. Sudaba y tosía, y se quejó del ambiente del mesón, pestilente y ruidoso. «Al menos podías haberme citado en otro sitio», me reprochó. «Sabes que me queda poco tiempo y estos ambientes me matan».

A mi señal, la mesonera nos puso en la mesa otra jarra de vino y quiso que se la pagara en el momento. Le di en la mano unas cuantas monedas de cobre y le agradecí su rapidez en servirnos.

—Yo se las hubiera tirado —me recriminó mi cliente.

—Yo siempre soy el mismo —contesté—. Y no quiero que levantemos sospechas ni provocar un altercado. De aquí no saldríamos vivos.

Cordeliers

En ese momento, al fondo del mesón, cinco hombres borrachos se levantaron y empezaron a cantar y a gritar consignas revolucionarias.

—Son cordeliers. Y dentro de poco me reconocerán. Vamos, por favor, dime dónde tengo que ir.

Le acerqué el paquete, envuelto como si llevara una burda caja de pequeñas dimensiones sin nada de importancia dentro.

—Esto te guiará —le dije—. El salto sólo podrá ser posible en las coordenadas que hay dentro del paquete. Recuerda: debes ir a las coordenadas justas y sólo un momento antes del amanecer.

—¿Funcionará?

—¿Cómo crees que he llegado hasta aquí?

No advertimos que uno de los hombres que cantaban se acercó hasta nuestra mesa, puso una mano sucia y grasienta en el hombro de mi cliente y dijo con sorna etílica: «¡El Incorruptible!» Y luego avisó a sus otros camaradas: «¡Eh, muchachos, que está aquí El Incorruptible!»

Llegaron los otros cuatro y le rodearon.

—Perdonen, señores, debe haber un error. No sé con quién me confunden.

—Vamos, papaíto, acompáñanos: nosotros te llevaremos a la montaña.

Mi cliente me miró con la fatalidad de lo inevitable. Le señalé la puerta con la mirada.

—Tú por la izquierda y yo por la derecha.

Nos levantamos y salimos corriendo, cada uno en una dirección.

Publicado en Microrrelatos

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: