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Cascos, bridas y relinchos

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A las afueras de Madrid, éste es el campo que atravieso cuando dejo a mis hijas en el cole. JPMC

Alguna mañana que otra, cuando dejo a mis hijas en el colegio y voy camino al trabajo, me sucede algo tan sorprendente que quizá alguien que no me conozca pueda pensar que estoy loco.

El caso es que al pasar con el coche por ciertos parajes, oigo cascos de caballos, bridas y relinchos. Y justo cuando reduzco la marcha y miro hacia unos olivos que están cercanos a la carretera, salen a mi paso algunos caballeros, que en las mañanas frías se embozan el rostro con la capa mientras con la otra llevan las riendas de sus monturas.

Uno de ellos (casi siempre es el mismo, hombre maduro de barba rubia), se acerca galopando al coche, y con gestos me pide que pare y baje la ventanilla. “Por Dios”, me dice tras quitarse el yelmo para hablar conmigo. “¿Qué hace Vuesa Merced en ese trasto de fierro? Apéese de él y venga con nosotros. ¡Apúrese! Tome su cabalgadura. Le estamos esperando”.

Siempre le digo que no puedo, a lo que el caballero me contesta con mohín de pena: “Mañana volveremos a intentarlo”.

Luego arranco y me voy a la Facultad para hablar de Comunicación con mis estudiantes.

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