(*) Post publicado originalmente en LinkedIn el 19 de noviembre de 2025)
Hubo una época (cuando era joven, entre los 20 y los 26 años, quizá) en la que yo jugué al fútbol. Era portero y, como era bastante “discreto” (por no decir “malo”), cuando me salía un partido bueno todo mi equipo lo festejaba a lo grande, como si hubiéramos ganado un título. “¡Hay portero! ¡Hay portero!”, gritaba en el campo mi amigo Ricardo, con una mezcla de alivio, alegría y a veces (también, y por qué no decirlo) admiración.
Los amigos nos inscribíamos en ligas municipales. Solíamos jugar los sábados por la mañana, y eso era fantástico porque, después del partido, nos tomábamos unas cañas y a veces comíamos de raciones.
Jugábamos para pasarlo bien. Éramos muy felices.
Como en Vietnam
Pero las ligas municipales eran lo más parecido a Vietnam que he visto en mi corta carrera de deportista. A veces nos enfrentábamos a contrarios tan agresivos que bien hubieran podido llevar camisetas con el lema “Born to kill”.
Cuando nos encontrábamos con esta clase de equipos, teníamos entre nosotros un chiste-advertencia: “Cuidado con éstos, que parece que se están jugando la UEFA”.
A nosotros nos daba igual perder en el campo. El partido ya lo habíamos ganado antes con las risas y después con las cervezas.
Quizá por ello siempre me ha caído bien la gente que hace deporte sin afán competitivo, sólo para ser feliz y pasarlo bien.
¿Por qué te cuento esto? En la Universidad Carlos III de Madrid ya estamos preparando nuestra tradicional carrera, la Intercampus. Es una carrera solidaria (lo recaudado el año pasado se destinará a la lucha contra la ELA) y ya cuenta con 25 años de historia. Te doy algunos datos: cada año se inscriben cerca de 2.000 corredores, participan 260 personas en la organización y cuenta con 40 fisioterapeutas.
Ah, y lo más importante: estamos buscando patrocinadores. Y patrocinar una carrera con fines solidarios y para que la gente sea feliz mola. Mola mucho.
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