
Me gusta buscar en Internet ofertas de máquinas de escribir antiguas. A veces encuentras pequeños tesoros por muy poco dinero. Y aunque no pueda comprar esas reliquias (desgraciadamente, la vida de un divorciado tiene sus limitaciones), me conformo con fantasear con que algún día sí lo haré.
Hace un par de años encontré una verdadera ganga: una olivetti college, de color rojo, precioso, en muy buen estado y por algo menos de 30 euros.
Las olivetti son mágicas, un símbolo. Julio Ocampo señala el verdadero valor de las olivetti para la cultura europea: antes de su aparición, las máquinas de escribir eran caras, un lujo al alcance de pocos. Pero las olivetti democratizaron la posibilidad de comunicar: eran muy accesibles y con una de ellas tú ya podías escribir una carta al director de un diario, prepararte unas oposiciones, o incluso escribir una novela.
Una máquina de escribir, entonces, era y es más que un mecanismo: la posibilidad de trascender.
La olivetti college se vendía sólo en persona. Miré la localidad y, qué suerte, estaba a muy pocos kilómetros del lugar donde vivo. ¿Y si fuera a buscarla a la mañana siguiente?
Me fijé en la dirección exacta. La busqué por Google y, sorpresa, era una residencia de ancianos.
¿El vendedor sería un anciano residente? No me imaginaba a un octogenario realizando el esfuerzo digital de darse alta en una plataforma online de artículos de segunda mano para vender sus recuerdos.
Entonces lo comprendí: el vendedor era un empleado de la residencia. El dueño originario de la máquina habría fallecido. No tendría parientes y había que quitarse la máquina de escribir de en medio, casi regalada.
Me dio mucha pena.
Me imaginé yo mismo en una residencia: escritor aficionado frustrado que muere solo y un empleado debe vender sus pertenencias.
No compré la ganga.
Champion
Pocas semanas después, en otra plataforma, encontré una Underwood Champion. Aparentemente estaba nueva. Y, también, estaba a un precio bajísimo.
Escribí a la dueña, Rosa, una mujer que me explicó que, hacía muchas décadas, compró esa máquina para prepararse unas oposiciones y que, una vez pasado el trámite, nunca la utilizó.
La máquina era preciosa pero tampoco la compré. Al cabo de unos meses la volví a ver. Síe era ese misma máquina, en otro anuncio, más cara. Estaba seguro: era la misma. Había cambiado de manos y esta vez era un joven quien la revendía casi al doble de su precio anterior.
Estuve a punto de escribirle un privado y decirle que no se puede hacer negocio con los recuerdos de una persona.